El poder del interés compuesto – El lado bueno y el malo

En la vasta mayoría del sistema financiero mundial, y Norteamérica no es la excepción, cuando se habla de “interés” se trata de interés compuesto, no interés simple. La diferencia es muy sencilla: con interés simple, el capital (o deuda) inicial, sobre la cual se calculan los intereses, si no se toca, siempre será el mismo; mientras tanto, con interés compuesto, el interés acumulado se va incorporando al capital o deuda inicial.

La manera más fácil de ver esto es a través de un ejemplo: supongamos que tenemos un capital o deuda inicial de $1,000 sujeto a un interés de 7% (a menos que se mencione abiertamente, siempre asumiremos que la tasa de interés es anualizada). En el gráfico puede verse que, después de 25 años, la diferencia entre ambos sistemas de cálculo es casi el doble. Con interés compuesto, el capital o deuda inicial de $1000 se ha convertido en casi $5,500.

Este tipo de crecimiento exponencial es más fácil de ver (y sentir) en las deudas que en las inversiones, porque las primeras tienen tasas de interés más altas, lo que hace que las deudas crezcan rápidamente, en particular con tarjetas de crédito. Según esta calculadora, y tomando el mismo ejemplo anterior, con una deuda inicial de $1,000 en una tarjeta de crédito que carga 20% de interés y que ofrece un pago mínimo de $20, la deuda terminaría cancelándose al cabo de 16 años y 2 meses y el total pagado sería de 3,126.33, más de tres veces la deuda inicial.

Afortunadamente, no estamos condenados a vivir solo con el lado malo del interés compuesto. Si pagamos nuestras tarjetas de crédito completamente al final de cada ciclo, y usamos los intereses que ahorramos para invertirlos, pondríamos el interés compuesto 100% a nuestro favor.

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